viernes, 23 de diciembre de 2011

¿Libertad de o para, igualdad legal o material, fraternidad o solidaridad?

Nada ha hecho más daño por la causa de la igualdad, la libertad y la fraternidad que la distorsión que a las palabras del trilema republicano han dado todas las corrientes políticas partidarias del estatismo, muy especialmente el socialismo.

La libertad inicial defendida por la Ilustración que inspiró la Revolución Francesa es la libertad individual, la libertad de, no, como el socialismo más tarde quiso imponer, libertad para. Libertad entendida como no coerción, ausencia de sojuzgamiento por los demás. Se trata de una libertad que tiene como único límite la libertad de los demás de disponer a su antojo de su vida o legítimas posesiones, siempre que no interfiera con la vida o resto de propiedades de otra persona. Entiéndase interferir como interferencia no deseada por la parte pasiva, como agresión. La base de la convivencia libre y pacífica supone el respeto por el derecho ajeno, y la responsabilidad de cada uno sobre sus fueros. Libertad es laissez faire, laissez passer, dejar y subrayo este verbo, dejar, a la gente tranquila con sus asuntos que a nadie más incumbe que a ellos mismos. Toda intromisión en esta esfera privada, por cualesquiera que sean las razones, es una violación de la libertad ajena.

Por eso, la libertad sólo puede ser libertad de, y nunca libertad para hacer algo. La libertad para supone la intervención de un poder público, estatal, que dote de los medios que han de sostener, financiar, la libertad para hacer algo. Uno tiene la libertad de hacer algo dentro de la esfera de su actuación privada (vida, cuerpo, propiedades legítimas) o en la del intercambio libre con otras esferas de propiedad privada. Pero uno no tiene la libertad para hacer algo si no posee los medios para hacerlo. Si obtiene de modo legítimo los medios, puede, pero jamás debe obtenerlos por la fuerza o el uso de la violencia sobre otros poseedores. Además de inmoral, es un error que, a la larga, altera la convivencia pacífica y próspera de todos. Esta financiación pública del supuesto derecho de la libertad para hacer cosas, defendida por las corrientes pro-estatalistas, se suele lograr de modo que se acaba quebrantando la libertad de los individuos a disponer de sus propiedades legítimas sin interferencias ajenas. La consecuencia es que la libertad para es una falsa libertad, que se sostiene en el sojuzgamiento de todos los que pagan impuestos, es decir, al final de la libertad de todos nosotros.

Aparte de la igualdad ante la ley, loable en tanto y en cuanto todos somos igualmente propietarios de nuestro cuerpo y vida, y como tales, merecemos igual respeto mutuo, en estas esferas legítimas de soberanía particular, toda igualdad material supone siempre eliminar la diversidad e impedir la excelencia, la igualación por abajo, la estabulación de la sociedad.



Este es otro de los casos en los que el estatismo ha dado la vuelta al trilema republicano, retorciendo el significado original del lema igualdad en la neolengua con la que nos intentan contener y controlar.

Igualdad en la Ilustración significaba igualdad ante la ley, desaparición de los privilegios estamentales de las castas nobiliaria y clerical. No que todos debiéramos ser física o materialmente iguales. Esta pretensión imposible sólo puede intentarse mediante la reducción del que sobresale por cualquier motivo. Y esto sólo puede lograrse mediante políticas redistributivas y de control.

Para sostener la legitimidad de las políticas redistributivas se suele partir, de nuevo, de una visión interesadamente errónea que afirma que si alguien tiene de más es porque alguien tiene de menos. Un simple vistazo a la historia de la evolución de la humanidad desmiente este argumento. La especie humana no apareció en el mundo con la suma de riquezas  materiales que actualmente posee. No hay una cantidad limitada de riqueza en el mundo, sino que es fruto de la apropiación y transformación del entorno material por parte de los seres humanos. La progresiva división del trabajo y el intercambio permitió una mayor efectividad en la producción de riquezas materiales y una mayor expansión de la vida. Nunca antes la Tierra gozó de mayores riquezas y mayor población humana.

Por tanto el intercambio comercial no es un juego de suma cero. La pobreza es el estado natural del hombre que viene al mundo sólo con su cuerpo. Lo extraordinario es la riqueza, el crecimiento económico que ha hecho que la especie se propague como nunca antes en la historia. La justicia no reside por tanto en quitar al que más tiene para dar al que menos, sino en dar la libertad para que todo el mundo pueda prosperar sin que el Estado o cualquier otro agente robe al que emprende cualquier actividad productiva. Lo justo es el derecho a todos a prosperar, a elevarnos, no el tope artificial a la creación y acumulación de riqueza.

De nuevo, la imposición de la igualdad material sólo puede hacerse desde un poder estatal que acaba, mediante la violencia, con el primer aspecto del trilema, la libertad. La única igualdad compatible con la libertad es la jurídica, no la material.

Y el argumento definitivo contra la igualdad material es que la puesta en práctica de esta visión divide a la sociedad en dos clases, lo que crea la desigualdad mayor: los que viven de lo que producen con su trabajo, propiedades e intercambios voluntarios y los que viven de lo que producen otros, de la coacción violenta que sustrae los recursos materiales de los primeros. El sector público y la gente que vive de sus presupuestos, son los que crean una verdadera desigualdad material, pese a todos sus discursos igualitaristas. Como enunció Bastiat es una quimera pretender que todos vivamos parasitariamente de lo que producen los demás, con lo que, si no queremos una sociedad dividida en clases, lo justo es que nadie viva de lo que produzcan los demás, que cada uno sea responsable de uno mismo.

Pero muy distinto es que la igualdad se imponga por la fuerza mediante un sistema tributario. Es un error que frena la expansión de la vida y del crecimiento. No sólo frena la acumulación de riqueza, sino que la destruye. Es desvestir dos santos para vestir mal a sólo uno. Si leemos a Hayek y a Mises veremos la teoría de la imposibilidad del socialismo/estatalismo económico.

Se trata de un error científico, cargado de buenas intenciones en el mejor de los casos, pero que genera todo el caos económico en el que estamos sumidos. Un poder centralizado no puede manejar la información complejísima de un sistema dinámico de mercados. Si las decisiones económicas se centralizan en mayor o menor grado, desaparece la información que permite tomar decisiones económicas acertadas, los precios libres que la oferta y demanda marcan. Pasó con la Unión Soviética y está pasando ahora con el sistema de banca central de dinero fiduiciario. Nuestro particular socialismo financiero, mero mercantilismo monetarista, sólo privatiza beneficios y socializa pérdidas de estados, bancos y empresas.

Moral y económicamente el fin de las políticas redistributivas del Estado sería lo más ético y productivo. Las políticas redistributivas forzosas con las que se intentan promover la igualdad o la seguridad son un error que obtiene precisamente eso que, bienintencionadamente, quieren evitar. Desincentivan la capitalización, el ahorro que permite la inversión en nuevas actividades productivas que darían más trabajo y crearían más riqueza y seguridad para todos. Ni bancos, ni políticos hablando en nombre de los pobres que ellos mismos crean: nadie tiene derecho a desposeernos de nuestra riqueza.

Y aquí es donde se produce la última inversión del trilema republicano de la Ilustración. En algún momento se dejó de hablar de fraternidad para empezar a hablar de solidaridad. ¿Por qué? Vino a sustituir en la neolengua de la corrección política a conceptos de mayor raigambre cultural como eran la caridad, la piedad, la misericordia, la conmiseración, la compasión o la fraternidad. La clave está en que estos son sentimientos y los humanos somos libres de sentirlos o no. Y a los estatalistas no les gusta que la gente sea libre de sentir y de organizarse de modo espontáneo conforme a su libre sentimiento. Su sistema se basa en la compulsión, en la ingeniería social de los arrogantes que se creen con la potestad de diseñar cómo deben organizar su vida los demás.

La caridad etimológimente remite al cuidado por lo que se quiere porque se siente también como propio. Uno sólo cuida lo que siente como propio, lo ajeno, no. Uno tiene caridad cristiana con los miembros de la comunidad cristiana, no con los gentiles o los infieles. La compasión remite etimológicamente a la idea de padecer con, junto a alguien. Sólo quien ama está dispuesto a este sacrificio de padecer el dolor junto a quien lo sufre. Otro tanto se puede decir de la conmiseración, la disposición a pasar la miseria junto con alguien, con la voluntad de aliviársela. La piedad es la característica del pío, de la persona virtuosa movida por el amor o la rectitud moral. Son todos términos que proceden de la cultura clásica y judeo-cristiana de inveterada raigambre en nuestras culturas de origen europeo. Son términos que remiten a la emoción y este sentimiento que surge del individuo, de su emoción o de su compromiso moral con la divinidad según lo interprete su religión o comunidad de creyentes.

Frente a estos conceptos heredados por la moral cristiana, los ilustrados propusieron el término de fraternidad, un término que remitía a esta emoción que genuinamente crea los lazos o vínculos sociales entre los seres humanos, pero en términos de alcance universal y laico, ajeno a ninguna confesión religiosa particular. Todos somos metafóricamente hermanos porque todos procedemos o descendemos de los primeros seres humanos que poblaron la Tierra. La fraternidad implica un sentimiento, que surge de modo espontáneo en los seres humanos, de ayuda a la gente con la que compartes una convivencia. Etimológicamente remite al sentimiento entre hermanos, a la familia, y de modo extensivo a todas las formas de socialización que surgen de modo espontáneo, esto es, voluntario, libre, entre individuos. Nadie se consideraría de modo forzado "hermano" de nadie. La fraternidad implica un reconocimiento y aceptación mutua del vínculo que une a ambas personas. La solidaridad veremos que no.

Etimológicamente solidaridad procede de la misma raíz que sólido, lo que es duro o de una sola pieza. La solidaridad no es un sentimiento. Es una interpelación a ser uno, un sólido y único bloque con el colectivo. El insolidario es el apestado del grupo, el que no se une. De ahí su imperiosidad, su imposición. La solidaridad, la llamada justicia social, no son más que diferentes fórmulas que la neolengua estatalista nos ha querido imponer su paradigma, que pasa por la imposición y la redistribución estatal de los recursos que producen los individuos de una sociedad dada. Y claro, junto a esta imposición vuelven a surgir los agentes de la imposición y las dos clases sociales antes señaladas: productores y parásitos.

Se nos acusa a los liberales, libertarios y anarquistas individualistas partidarios del libre mercado de ser insolidarios, egoístas. Dígamoslo alto y claro para que no haya lugar a dudas: sí, lo somos. La solidaridad supone la compulsión colectivista contra el individuo, sus creencias, razón, valores y propiedades. Supone un acto de violencia institucional. Nuestro egoísmo, como definió Ayn Rand, es de carácter virtuoso, porque es el egoísmo que presupone la autonomía del individuo y su responsabilidad autoconsciente, que pide para sí el mismo trato que el que está dispuesto a dar a los demás. No es un egoísmo que pretende vivir a costa de los demás, sino hacerlo de modo independiente o en todo caso de modo voluntariamente interdependiente. 

Porque hay que desmentir aquí tambień otra falacia: que el liberalismo sea una ideología de misántropos o licántropos. Nada más lejos. Nada más social y redistributivo que un mercado verdaderamente libre de monopolios u oligopolios. El liberal es sociable por naturaleza porque la sociabilidad es la base del intercambio libre, pacífico y voluntario que anima los mercados libres y prósperos.

La gran excusa entonces de estatalismo colectivista es el miedo: si no existe el Estado para proveer seguridad (social, sanitaria, pública), nadie lo hará. Falso. Hay fórmulas para conseguir que de modo voluntario la gente se asocie a redes o comunidades de apoyo mutuo para asistir a aquellos que por cualquier razón quedan desamparados. Esto nos interesa a todos, porque ninguno estamos libres de caer enfermos o en desgracia. Hay formas de colectivizar de modo voluntario y privado los riesgos. Históricamente han existido fórmulas como fraternidades o cofradías. Ojo que la palabra cofre, procede de cofrade. El cofre era el pozo, la custodia, el baúl que guardaba el tesoro de la aportación comunal y voluntaria. Las cofradías de pescadores, por ejemplo, recogían estas riquezas que servían de mecanismos de rescate y asistencia a las familias que perdían a sus hombres en la mar. De ahí se evolucionó a la mutualidades y el sistema de seguros y pensiones privados que actualmente se encuentran por todo el mundo. Los anarcocapitalistas más radicales argumentan que se podría incluso organizar la defensa y la seguridad mediante agencias privadas.

Es hora de decir claro y alto que la solidaridad social impuesta por el Estado no es tal. Que ha colonizado el sentimiento humano de colaboración y apoyo mutuo junto con la libertad para que la sociedad se organice de modo libre para cubrir las eventualidades que la salud, la fortuna, desastres naturales o los agresores exteriores puedan infringirle. Es falso que la educación, la sanidad o los servicios sociales públicos sean gratuitos, los pagamos todos con nuestros impuestos, como la seguridad ineficiente que ejército y policía nos proporcionan. ¿Cómo funcionaría esa masa informe de riqueza que el Estado nos sustrae para sostener estos servicios públicos en los bolsillos de los particulares organizados de modo libre? Esa es la respuesta que los liberales y libertarios debemos ir dando a la sociedad.

De entrada, cuando oigamos el trilema republicano, al menos estaremos atentos para denunciar al impostor. Sabemos qué quiere decir y qué no quiere decir libertad, igualdad y fraternidad.

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