lunes, 9 de junio de 2008

El 68 que no pudo ser (por partida doble): “Campo de amapolas blancas” de Gonzalo Hidalgo Bayal



CAMPO DE AMAPOLAS BLANCAS
Hidalgo Bayal, Gonzalo
Tusquets Editores, 2008, 01 ed., Colección: Andanzas 660
ISBN: 978-84-8383-069-7
EAN: 978848383069
120 páginas
Rústica



Este interesante retrato generacional viene encastado en la tradición de las novelas de experiencias iniciáticas, los Bildungsromäne. Pulcramente escrita, con vuelos poéticos, por momentos, y con una visión tierna y comprensiva hacia los personajes. Entre éstos destaca, en especial, el personaje del viejo brigada de la Guardia Civil que enigmaticamente aparece en la segunda escena o capítulo. El epílogo de Luis Landero en esta re-edición de Tusquets es bastante revela las claves de lectura principales: entre las que me gustaría subrayar la maestría de la voz narrativa, que recuerda el tono (auto)irónico de las novelas picarescas -el precendente español del Bildungroman-.
Pero lo que más me ha interesado y quisiera destacar en esta entrada es la lectura sociológica o histórica de estos retratos de ficción de los hijos de la generación de la Guerra Civil, crecidos en Murania, un trasunto ficcional de la España rural del interior -Extremadura, principalmente, pero no sólo-.
Las amapolas blancas se me antoja como un símbolo de la imposibilidad o inexistencia del 68 en España, en especial en la parte del país más atrasada. A cuarenta años de los sucesos del mayo francés del 68, se está discutiendo acerca del significado de aquella revuelta juvenil y obrera que se extendió de modo transversal por todas las sociedades de la guerra fría: desde Checoslovaquia hasta San Francisco pasando por París. Son muchos los vectores históricos coyunturales que conformaron la revuelta o “revolución”, pero su carácter transversal a los dos lados del telón de acero y del Atlántico le da una dimensión generacional amplia y que se explica por la revuelta generacional contra los padres, la generación de la Segunda Guerra Mundial y creadora de la guerra fría. Se ha hablado acerca de si aquello fue revolución o revuelta, sobre si dejó huella o cambios en sus demandas utópicas, libertarias y algo fatuas.
A mí se me antoja no como rebelión, revolución o revuelta, sino como expresión hormonal de una evolución histórica lógica. La extensión de los medios de comunicación audiovisuales -el cine, la radio y la televisión-, del crecimiento de la sociedad de consumo y capitalista sólo hizo aumentar un cambio profundo en todas las estructuras sociales y culturales previas a estos cambios: de pronto las sociedades tradicionales y el orden tradicional en el que se asentaban se tambaleó por una fuerza histórica imprevista que rompía el criterio de autoridad del mundo adulto tradicional. Las modas y culturas juveniles, en Estados Unidos, desde el tiempo del rock and roll, los beatniks, los hipters, los hippies, las drogas... no fueron jamás una verdadera expresión de rebeldía, sino de afirmación de nuevas estructuras de poder que estaban minando las estructuras de poder de las sociedades tradicionales. En Estados Unidos, país sin historia, con un desarrollo capitalista de primera línea, fue el primero en sucumbir a los cambios históricos. La sociedad tradicional era más débil en este país construido sobre el mínimo común denominador de todos los emigrantes que precisamente, desde el siglo XIX y antes, querían dejar atrás sus sociedades tradicionales, estamentales, jerarquizadas según estructuras económicas “anticuadas”.
La revuelta de Praga -precisamente tan cerca del otro lado del telón, no precisamente en Siberia- se debió a que los jóvenes querían dejarse el pelo largo, tomar coca-cola y bailar rock and roll: aspiraban a equipararse a los patrones de consumo del capitalismo occidental, a la falsa libertad individual del consumidor en la sociedad de mercado industrial, la libertad de agitación y movimiento inane. Al igual que la liberación de la mujer, no llegó de la mano de la expansión de la conciencia política de la minoría feminista, sino de la imparable fuerza del mercado de consumo y su lógica de necesidades superfluas: para que la mujer pudiera consumir requería poder tener dinero que gastar sin trabas. La incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido una sujección, de otro tipo, de las mujeres a la nueva sociedad de consumo. Los trabajadores no pedían la propiedad de los medios de producción -al menos no la mayoría que se impuso-, sólo mejoras salariales que permitieran mejorar su poder adquisitivo. No libertad sexual, sino sexo de bajo coste, sin responsabilidad ni consecuencias: ni prostitución, ni matrimonio, ni maternidad, amor libre.
Las sociedades dejaron de impulsarse y controlarse mediante la coherción y el miedo y empezaron a ser contraladas por los nuevos poderes, a través del deseo, encauzado por la publicidad y el consumo desaforado. Mantenerse al margen de este proceso -el hippie, el punkie- no fue una verdadera rebelión, sólo la confirmación de la tendencia histórica hacia el individualismo radical.
Esta es la verdadera rebeldía y significado del 68: la aparición paradójica del individuo consumista, del anhelo de libertad de posesión de productos manufacturados y perecederos, la destrucción de cualquier verdadero sentimiento u organización colectiva. La libertad de los jóvenes, de las mujeres, de la clase asalariada, desde entonces, ha sido sólo "libertad" para tomar sus propias decisiones de consumo. El ecologismo tan sólo es la expresión de la mala conciencia y nostalgia rural de esta sociedad urbana del consumo compulsivo y excesivo que nos lleva al aislamiento y la autodestrucción. El 68 sólo fue una confirmación de la evolución histórica del capitalismo consumista y tristemente jamás tuvo la fuerza para que el mundo cambiara de base: tan sólo cambió la base capitalista, de una anticuada, a una más eficaz, organizada sobre el consumo individual y no colectivo. No sólo cambió de base en occidente, sino que fue el comienzo del fin del bloque soviético, del capitalismo de estado, una forma de organización económica, menos efectiva para la concentración de capital, que la neoliberal.
Toda esta evolución, vista desde el subdesarrollo extremeño -siempre presentado como epítome del español-, es la extraña paradoja que nos presenta Gonzalo Hidalgo Bayal en su novela: el 68 fue una doble revolución fracasada para nosotros, pobres subdesarrollados de tierra de emigración.
El primer fracaso fue general, porque el 68 realmente no fue nunca una revolución, sino la imposición de nuevas estructuras de poder sobre las anteriores, del capitalismo de consumo y acumulación financiera sobre el capitalismo de base agrícola-industrial, da igual privado que estatal, anterior a la Segunda Guerra Mundial. Los primeros que estuvieron preparados para asumir los cambios históricos imparables fueron los jóvenes que buscaban la playa bajo el adoquín y que acabaron de mayores adoquinando las playas.
El segundo fracaso fue que en las zonas atrasadas como Extremadura y, en general, la España franquista, la rebeldía era inane. La existencia del franquismo tras la guerra significaba la victoria pírrica de las fuerzas de la economía tradicional sobre las fuerzas de la economía nueva, del tradicionalismo frente a la modernidad capitalista.
Lo único que pudo hacer Franco y el sector sociológico que lo apoyaba fue retrasar la llegada de la fuerza histórica imparable de la modernidad capitalista de la sociedad de consumo. Finalmente no pudo retener el cambio por mucho más tiempo y llegó, como llega siempre todo a España, tarde y mal.
Este es el doble fracaso del que se hace eco Gonzalo Hidalgo en su novela: unos chicos que anhelaban consumir productos culturales según los estándares occidentales de la modernidad -novelas, televisión, cine, música pop, alcohol, viajes, drogas-, en una sociedad todavía atrasada y que vivía este cambio cultural como un desarraigo: físico a través de la emigración, pero también simbólico en el ámbito cultural, familiar, de la amistad y existencial. El consumo, la libertad de soñar con paraísos artificiales, donde no existe ni dinero, ni tiendas, ni ciudades es tan raro y extraño como una amapola blanca. Pero en donde existe o existía, tampoco podía llenar el vacío que dejaba el mundo tradicional que se dejaba atrás. La situación necesariamente ha provocado una visión irónica y desengañada, cínica y nostálgica a ratos, cuando no una sobredosis de drogas.

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