viernes, 10 de abril de 2009

Anagnórisis

anagnórisis.

(Del gr. ἀναγνώρισις, acción de reconocer).

1. f. poét. agnición.

agnición.

(Del lat. agnitĭo, -ōnis, de agnoscĕre, reconocer).

1. f. En el poema dramático, reconocimiento de una persona cuya identidad se ignoraba.

Pensé que esto sólo era una parte de la literatura, del teatro clásico o de las telenovelas. Pero ayer me ocurrió algo propio de un relato de Paul Auster. El libro que escribimos María y yo tenía algunos flecos sueltos. Hilos que, por falta de información, no pudimos anudar.

Debido a la dolorosa relación con su madrastra y de ésta con su padre y al tiempo transcurrido desde entonces, María no me supo decir mucho sobre sus hermanastros, Joaquín Carrón Preciado (hijo del matrimonio anterior de su madrastra), Cándido Mejías Preciado, Antonia Mejías Preciado y Antonio (Antolín) Mejías Preciado.

Antonia rehizo su familia en Cataluña como testigo de Jehová y no perdió del todo el contacto con mi abuela María. Intercambiaron algunas cartas y unas pocas visitas a lo largo de sus vidas. Tuvimos noticias de ella antes de que muriera, cuando vino a pasar unos días con mi abuela a Badajoz. Queda una foto de estudio como prueba de dicho encuentro a finales de los años noventa.

De Cándido sabíamos que en la posguerra se fugó con las cartillas de racionamiento de la familia. El hambre, la vergüenza y la violencia de esos años hicieron que desapareciera en la provincia de Toledo, donde se debió de instalar en algún pueblo. Emigró en algún momento del franquismo a Cataluña, y allí murió de viejo sin contactar con el resto de los familiares que dejó atrás. Gracias al libro, la historia de María se dio a conocer. Elías, el marido de una de las nietas de María, resultó ser familia política de un hijo de Cándido, quien vive en Badajoz. También tuvimos noticia de que otro de sus hijos vivía en Cataluña. Hace un par de años pasó a visitar a María.

De Joaquín Carrón mi abuela sospechaba sin prueba concluyente que era una de las víctimas de los emparedamientos en la iglesia de Llerena. Y de Antolín nada se sabía desde la guerra. Hasta ayer.

He recibido un correo de Celia Mejías Luna, una sobrina de mi abuela que no conocíamos. Nos ha dado más información sobre su padre, Antonio Mejías Preciado, Antolín. Cuando éste tenía 16 años fue fusilado junto con su hermanastro Joaquín Carrón Preciado frente a la tapia del cementerio del pueblo de Higuera de Vargas. ¿El motivo? Tan sólo por ser hijo de mi bisabuelo, militante de la UGT, y hermanastro de mi abuela, la miliciana de la JSU. Todos en el pueblo los dieron por muertos. Sin embargo, sólo los hirieron de bala, y alguien los recogió, cuando se estaban desangrando, de debajo de un montón de cadáveres. Estuvieron de tapado un año en el sótano de su salvador, un viejito, vecino del pueblo. Joaquín, finalmente, murió por las complicaciones de la herida del fusilamiento. Antolín huyó a la provincia de Toledo y luego a Barcelona. Nunca volvió al pueblo por miedo a las represalias. Dio a mi abuela y al resto de la familia por muertos. En Cataluña rehizo su vida durante el franquismo, sin saber que seguía teniendo familia viva en Badajoz y Cataluña. Antolín se casó y tuvo ocho hijos.

Por culpa a a las complicaciones de salud debidas a la herida de la guerra, Antolín nunca pudo resolver del todo la situación económica de su familia. Por este motivo varias hijas emigraron a Estados Unidos, y otro hijo lo hizo a Canarias. Una de las hijas, Celia, en 1985, antes de emigrar a Estados Unidos tuvo que ir a Higueras de Vargas a buscar la partida de nacimiento de su padre para los papeles del visado. Él le suplicó que no fuera, todavía con miedo a las represalias. Pero ella fue. Tras realizar los trámites burocráticos, preguntó a los mayores del pueblo, y supo que su abuela -la madrastra de María, mi abuela- había muerto. Nada se sabía en el pueblo del resto de la familia. Tal y como hemos contado en las memorias de María, mi bisabuelo se había separado de su mujer por los reproches que ella le hacía continuamente por la desaparición de sus hijos.

Antolín le contó a su hija Celia, que él tuvo una hermana, María, que había sido miliciana, una mujer de muchos arrojos, pero que había muerto en la guerra. Antolín falleció en 1998. Celia se ha pasado buscado a la familia de su padre toda la vida, intrigada con la historia de su tía María, con la que su padre la comparaba por su carácter resuelto.


Celia, hoy día en Nueva York, trabaja como psicoterapeuta de mujeres y niños maltratados y escribe libros para niños en inglés. Durante estos años leyó todo artículo o libro que cayó en sus manos sobre el tema de las milicianas. Seguía buscando a su tía María. Un día encontró en internet el libro de la miliciana extremeña. Por préstamo interbibliotecario pudo consultar el ejemplar depositado en la Public Library de Nueva York, casualmente el mismo ejemplar que yo había solicitado meses atrás. En esas páginas leyó emocionada la historia de la infancia de su padre y del resto de la familia desaparecida en la guerra. Y justo ayer me escribió un correo.

Hemos empezado a escribirnos, a intercambiar fotos, a reconocernos como familia. Seguimos en contacto, planeando un reencuentro físico, queriendo anudar los hilos sueltos que dejó la guerra. Estamos recomponiendo los lazos familiares que la brutalidad, la ignorancia, el miedo y el hambre dejaron rotos. Devolviéndoles las raíces a los que las han perdido, la idendidad arrebatada de un modo tan violento a nuestra gente. Tan alargada y negra es la sombra que aún nos llega de la guerra que nos cuesta reconocernos. Anagnórisis.

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