domingo, 19 de octubre de 2008

Vicky, Cristina, Bullshit



Para los que no hayan ido todavía a ver la última película de Woody Allen, Vicky, Cristina, Barcelona y todavía tengan curiosidad, que no la vean doblada, se perderían la única gracia que tiene la película, que son los diálogos locos entre el inglés y el español de Bardem y la Cruz. ¿Una metáfora de la resistencia del cine europeo a las producciones de Hollywood en un negocio cada vez más globalizado? Después de una sobredosis de barbitúricos, el personaje de Penélope, una neurótica que grita en español sin parar, tiene que escuchar el grito de Bardem en inglés diciendo "In this house, we speak English!". Secretos de la coproducción de un país en crisis económica, pero también identitaria, creativa y moral. Ya todos sabemos que el español es la segunda lengua de EEUU y la más vital.

Las reseñas gringas que he leído la clasifican de comedia romántica con personajes pintorescos. La verdad es que en lo último, el pintoresquismo, estoy de acuerdo. Si fuese asturiano o barcelonés estaría muy cabreado por retratar Cataluña y Asturias como si de la Andalucía inmortal se tratara. La escena del guitarrista de flamenco en Oviedo es patética y quien no sepa nada sobre Cataluña, tras esta película no sabrá que es una zona de España que tiene dos lenguas cooficiales. El personaje de Vicky, que supuestamente está haciendo un Máster en Cultura Catalana, no sabe español, y el catalán, no creo que sepa que exista. Eso sí, Juan Antonio (Bardem) es un pintor catalán nacido y criado en Asturias. Igual esto es lo único cierto de la película, porque el único que habla con acento catalán es el personaje del padre de Bardem, un viejo retirado en un caserío asturiano en la montaña.
El estilo desarrollado se asemeja mucho al de Rohmer, a lo Pauline en la playa. De hecho los paisajes que muestra son un tanto anacrónicos y anatópicos (¿flores en julio en un clima mediterráneo? ¿luz mediterránea en Asturias?) y pareciera que Cataluña en este film fuera algo entre la Provenza francesa y la Toscana italiana.

Lo de comedia romántica, pues a medias. La película no es más que una historia de ricos neoyorquinos durante sus vacaciones en España. No veo mucho romanticismo, sino más bien una crítica mordaz del precio que la burguesía estadounidense paga por las obligaciones de su clase, en especial las mujeres. Quieren libertad y aventura, pero eso es un lujo que sólo pueden permitirse a medias, o en breves dosis, si quieren conservar el matrimonio y los ingresos de los maridos de los que dependen.
Todo el mundo critica el personaje de Cristina (Scarlett Johannson) como el más soso y plano de la historia. Pero creo que es el más positivo de todos. Es el único personaje que está abierto a probar y experimentar y que toma sus propias decisiones sin arrepentimientos. Los demás son marionetas de sus neurosis. Vicky, la predecible y futurible aburrida ama de casa, se acerca lo justo al abismo de la bohemia para darse cuenta que pone en riesgo su bienestar burgués y que no está dispuesta a perder. Cristina experimenta un poco por libre, aprende y se da cuenta que no quiere prolongar de modo indefinido su triangulo amoroso con los españoles locos. Juan Antonio es un don Juan que está con todas porque no puede estar con la que quiere. María Elena es la doña Juana, y ahí quizás resida la ironía más fina de Allen al mostrar al macho subyugado por una hembra dominante, por muy loca que esté (ella le enseña a él y a Cristina los secretos de la creatividad y del amor). Este personaje es un tanto histriónico, pero es el mismo que ha hecho Penélope Cruz a lo largo de su carrera, así que lo borda. Y sí es cierto que es su aparición lo que hace que la película remonte el vuelo. El personaje tiene tanta fuerza, que es un claro contraste con las sosas niñatas neoyorquinas que dan título a la cinta. Barcelona en el título está por Cruz y el embrollo, pero también por esa realidad exterior a Estados Unidos que lo está sobrepasando en todos los ámbitos, económico, político, social y cultural. Claramente su proyecto de una globalización americana es un tiro que se escapa por la culata.
Creo que existe en Allen un cierto complejo de inferioridad por ser estadounidense. Se avergüenza de su país, de su cultura popular chafardera y la ignoracia de sus gentes en todas las clases sociales y claramente envidia la rica vida cultural europea. América es tan predecible, tan conservadora, que mira con envidia hacia una Europa creativa, cultural y socialmente mucho más avanzada que este país de tenderos sin raíces históricas. Envidia la sofisticación y la apertura de mente de los escandinavos en los sesenta, pero también ahora las de los españoles en el siglo XXI. La envidia queda resuelta con un cierre bastante conservador de la historia. Las vacaciones de estas chicas no han sido más que eso, turismo, una anécdota en medio de su presumible futuro de rutina en una sociedad de señoras de oficinistas con más o menos dinero, pero con un gran vacío en el alma. La imagen que proyecta de España es pintoresca, pero dice más de Allen que de España y sus gentes. Nos envidia y prefiere retratarnos como unos locos que dan demasiado poder a sus mujeres, beben demasiado vino y fuman y se preocupan tan sólo de vivir la vida de modo intenso y, por tanto, potencialmente peligroso. A Woody Allen le aburren terriblemente las señoras burguesas de Nueva York y sus ejecutivos, pero lo que más le aterra es que él también sea parte de ese mundo aburrido y predecible del dinero y el beneficio calculado.

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