domingo, 22 de noviembre de 2009

En Grand Central Station me senté y lloré, Elizabeth Smart

Elizabeth Smart, En Gran Central Station me senté y lloré. Cáceres: Periférica: 2006. (Largo Recorrido, 1). 155 pp. 17,50 €.


"A las brujas las quemaron en la hoguera, en toda Nueva Inglaterra, sólo por culpa del amor, sólo porque llevaban el aura del deseo satisfecho." Elizabeth Smart


Seguí el consejo del amigo Julián Rodríguez y acabo de terminar la extraña novela de Elizabeth Smart En Gran Central Station me senté y lloré, publicada en la cacereña Editorial Periférica.
Lo que primero llama la atención de este libro es su distinguido aliento poético y la excelente traducción y edición de Laura Freixas, quien completa la novela con un epílogo de referencias literarias y aclaraciones muy útiles en este volumen de rica intertextualidad. Partiendo de la referencia del título, trasunto de un salmo bíblico, toda la novela se sirve de la profusa tradición literaria anglosajona para relatar la pasión de un corazón atrapado en las trincheras de la cotidianidad y los convencionalismos sociales.

Publicada en 1945, la conexión vagamente autobiográfica del relato se mueve con la Segunda Guerra Mundial como transfondo histórico. De este contexto toma el tono épico y dramático con el que se relata esta pasión abrasada y abrasadora de una amante abandonada por un hombre casado con otra. Por su rebeldía contra los convencionalismos sociales, culturales, de género, de clase, colectivistas, y su rabiosa defensa de la individualidad con la que se revela la intimidad neurórica y obsesiva de la autora, se puede calificar de libro beatnik avant la lettre.

Dos fuentes principales parecen nutrir la estética de esta escritora: tradición y vanguardia. Por un lado, la tradición simbolista, romántica e isabelina que tan bien ha sabido rastrear Freixas en sus notas. Por otro, el conflicto generacional e histórico que suponía el cambio de una moral hipócrita por otra más sincera con los cuerpos y los deseos, ya se encuentra en el grupo literario de Bloomsbury. Cabe hacer un paralelismo entre la moral de Smart y la crítica de la moral victoriana realizada por autores como Lytton Strachey o Virginia Woolf. De este modo, vanguardia modernista y tradición alimentan por igual una expresión que se refugia en la pasión individual frente a la alienación colectiva. Creo que se puede interpretar este libro como una obra que se encuentra a caballo entre el modernismo inglés de entreguerras y la literatura de posguerra norteamericana de la New York School. De ahí la unicidad y rareza de esta mujer procendente de un país y un tiempo trasatlántico vivido entre Ottawa, Londres y Nueva York.

Este neorromanticismo recuerda mucho al nuevo romanticismo intimista y hermético de los años treinta y cuarenta españoles, tanto en España como en el exilio. La misma pasión y fusión de tradición mística, romanticismo y vanguardismo modernista se encuentra en los poemas de Cernuda, Aleixandre o en los de Carmen Conde. Esa dolencia por los placeres prohibidos, por las espadas como labios, esa ansia de la gracia y de mujer sin Edén aparecen igualmente en el texto de la canadiense. No creo que sea una mera coincidencia el interés de Altolaguirre y Smart por El Cantar de los Cantares. El amor, siempre más deseado que realizado, es la única respuesta compensatoria a la soledad, la alienación y el desarraigo de estos seres ahogados por una moral rala, miserable, aniquiladora en la guerra y en las facturas, en los matrimonios convencionales y en las estaciones de trenes.

Más allá de la historia banal de un encoñamiento imposible por un hombre, el texto trata de transmitir una pasión extraodinaria por la propia poesía, por lo que no podía expresarse con un lenguaje ordinario. La densidad metafórica convierte el libro en un largo y bello poema en prosa sensual y expresionista.

Junto a la poesía, el otro género que convive en el texto es el diario de escritor. En el cuaderno de la poeta se establecen los diálogos imposibilitados entre la voz narrativa y las cartas de su amado, o con la realidad extraña que no la entiende. Casi podemos leer la obra como el diario de un poeta, lo que dota a esta obra de una contemporaneidad asombrosa. Tal es así, que el cantante de The Smiths, Morrissey, se inspiró en este libro para escribir relatos de desesperación y rechazo como "What She Said", "Well I Wonder" y "Shakespeare's Sister".

Más que una novela que recomiende leer, este es un libro para releer, por denso, excesivo y hermoso. Si todos los textos de la colección que inaugura este volumen se mantienen en este nivel, sin duda, cumplirá lo que el propio título de la serie se propone: un largo recorrido de hitos literarios.

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